Bodegas innovadoras. En tecnología, en cultivos y en responsabilidad social. Así es Emilio Moro, una casa vitivinícola española que está dando de qué hablar.

Emilio Moro es una bodega histórica de tres generaciones de winemakers que inició en 1932, cuando el abuelo de la actual familia echó raíces frente al río Duero, a 54 kilómetros de Valladolid, España.

Al principio, don Emilio vendía sus vinos a granel a los vecinos. “Era una época donde no existía la denominación de origen”, asegura José, el nieto de los dos Emilios, padre y abuelo, y actual CEO de la compañía.

Tuve la oportunidad de reunirme con José la semana pasada durante su paso por Bogotá. “Cuando la Ribera del Duero nació, era la tercera denominación de origen (DO), luego de Rioja y Jumilla”, prosigue José, quien no anticipaba que, con el paso del tiempo, esta región se convertiría en un referente vitivinícola de clase mundial.

Luego de la DO, la bodega inició un proceso de profesionalización en la producción para abarcar más mercado, más territorio. Esto llevó a la familia a transformar el negocio para dotar a las instalaciones de características técnicas para hacer vino de alta calidad.

Con el tiempo, sus vinos se volvieron legendarios. “Esto fue posible gracias a que plantamos injertos de las viñas heredadas de mi abuelo con una nueva variedad de tempranillo”, explica Moro. Fue así como se obtuvo un clon de vid de mayor calidad “con un nuevo diámetro que produjo más mayor concentración de fruta y –por ende-, más poder y longevidad”.

Eso se aprecia en la botella de Tempranillo 2016, un joven repleto de matices aromáticos muy frutales y un rojo cereza intenso con destellos violetas. Elegante en la nariz y equilibrado en la boca, este vino va bien con una parrillada o una tabla de quesos curados. Un manjar fino y elegante.

“Es el resultado de la creatividad y pasión con que impregnamos nuestro trabajo”, suelta José, quien anticipa que anticipa que las nuevas tecnologías mandarán la parada en la industria del vino.

“Aquel cultivo que no se transforme digitalmente está condenado a desaparecer”, dice José a manera de visionario. Por ello, es común escucharlo hablar con propiedad sobre satélites meteorológicos, Internet de las Cosas o Inteligencia Artificial, como si se tratara de un vendedor de tecnología.

Su tiempo libre lo comparte en seminarios y congresos donde es la estrella en aplicabilidad de tecnologías disruptivas para los cultivos. Cultivos cuya cosecha se convierte en un arte, en un culto con millones de seguidores mundiales.

RESPONSABILIDAD SOCIAL

Los mismos lineamientos que utiliza para apalancarse en la tecnología, los aplica en responsabilidad social. Su más reciente invento: llevar agua segura a las comunidades más vulnerables del mundo a través de la Fundación Emilio Moro (FEM).

Creada en 2009, FEM opera bajo el lema ‘El vino ayuda al agua’ al contribuir para “luchar por la paz” como José Moro lo indica.

Su más reciente contribución fue en Colombia, en la vereda Guajirita, un poblado cercano a Jericó, departamento de Córdoba. Allí, la gente de FEM, comandada por José se embarcó –por sus propios medios y sin ayuda del Estado-, a construir una infraestructura para darle agua potable a la comunidad.

José Moro, celebrando la puesta en marcha de la planta potabilizadora en Guajirita. Córdoba.
José Moro, discute con los líderes locales acerca del futuro del agua en la región.
Dentro de la planta potabilizadora, con el operario principal.
Pobladores de Guajirita, felices por la llegada de agua potable.

Para ello, implementó un sistema de filtración de agua mediante tecnología ultra violeta que permitió a 500 pobladores, la mayoría afrodescendientes, obtener aguar potable para el consumo diario. La inversión fue de $38 mil dólares.

“No se trata solo de colocar el pozo y el sistema de filtración”, culmina José Moro. “De hecho, estamos comprometidos en impartir formación continua para que los pobladores aprendan sobre el consumo y las técnicas de sostenibilidad ambiental que pueden ayudarles a obtener beneficios”.